Palabra de Hoy: 03/09/2010
Santiago 2: 5-7 = Escuchen, mis queridos hermanos: ¿No ha escogido Dios a los que son pobres según el mundo para que sean ricos en la fe y hereden el reino que prometió a quienes lo aman? ¡Pero ustedes han menospreciado al pobre! ¿No son los ricos quienes los explotan a ustedes y los arrastran ante los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman el buen nombre de aquel a quien ustedes pertenecen?
Veamos: ¿Crees que el inicio de este texto está justificando la pobreza material en las personas, con una garantía de fidelidad espiritual por parte de Dios a los que menos posean? Si lo crees, eres parte de lo que hemos conocido como “teología de la pobreza”, (Que es la opuesta a la de la prosperidad), y tan nefasta como aquella. Porque ambas, aunque con métodos bien distintos, han construido sociedades miserables, en todo sentido. La pobreza de la que aquí se habla no es material, sino anímica o espiritual. Cuando el mundo dice que tú no eres nadie y no vales nada, es cuando más eres y vales para Dios. Porque eso es coherente con aquello de que “a lo vil y lo necio levanta Dios para avergonzar a los sabios”. De todos modos, en nuestras congregaciones parecería ser moneda corriente algo de lo que aquí se dice: menospreciar al pobre. Y no sólo al de dinero. ¿Podremos ministrar una iglesia contraria a lo que el mismo Dios ha expresado?